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viernes, 29 de abril de 2011

Ya se sabe.

A veces me cuesta sacar lo que llevo dentro, expresarlo en palabras y no sé cómo empezar, me atasco y se me hace un nudo en la garganta.

Y sientes como el pecho te duele o todas esas frases se te atragantan, haciendo que algunas desaparezcan y otras se repitan una y otra vez, cuando ya crees que puedes hablar. Y te sudan las manos, de forma pegajosa pero fría, y cada gotita que podría llegar a formarse es una de las cosas en las que podrías atascarte.

Carraspeas, te balanceas de un lugar a otro, rascándote la nuca de vez en cuando, aunque no te pica, pero qué más vas a hacer si lo que quieres no puedes. Y continuas mirando de reojo a la persona que te hace sentir ese pavor inmundo al eterno infinito de la sinceridad y el diálogo, y sigues tocándote el pelo o mirando el reloj que llevas en la muñeca, sin fijarte en la hora, pasando de cada mechón de tu cabello y provocando así que se enmarañe.

No tienes ni idea de qué va a pasar, a ocurrir, que dirá, qué decir; por eso lo dejas todo en tu cabeza, en tus pensamientos, ese o esos lugares donde nadie hurga, y si lo hace no podrá saber igualmente lo que piensas, porque son como secretos que no cuentas a nadie por miedo o temor a quedar mal, a lo indebido, a lo doloroso, a lo prohibido.

¿Y ese vuelco al corazón? Qué mal te sientes cuando piensas que has hecho algo de la manera menos correcta, o que podrías hacerlo. Cuando la tensión se apodera de cada centímetro de tu piel, erizando la misma; escalofríos y tartamudeos que se hacen con todas y cada una de las células de tu organismo.  

Pero todo se termina por acabar, lo que empieza tiene fin ¿verdad?
Y poco a poco se recupera la respiración, se tranquiliza el ser, encuentra la razón de continuar con lo suyo, con la verdad, con las palabras que recibieron un empujón y lograron manar a tiempo.


‘Duele más lo que te callas’

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