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jueves, 12 de mayo de 2011

Alejarse.

Correr lejos y evadirse de este cruel mundo. Salir de entre las sombras para verlo todo con mayor claridad y darse cuenta de que existe algo más que ese pequeño cuarto a oscuras en el que nos encerramos, apartados de todo lo que nos rodea, de quien nos hiere, de aquello que tanto nos duele, manteniéndonos en un estado grisáceo y temporal de monotonía absoluta.

Porque a veces podría gustarnos volver a ser pequeños, a pasar de todo, a preocuparnos de poco más que de nuestros cromos y de molestar a nuestro hermano mayor cuando nos apetezca. Pero hay cosas imposibles, aunque la gente no quiera reconocerlo, y volver a tener cinco años es algo inalcanzable.

De todas formas, siempre podrá quedarnos el recuerdo de lo que un día fue y no volverá a ser, de lo que tampoco está siendo ahora, de lo que llegamos a echar de menos de vez en cuando. Esa inocencia, esa manera de mirar hacia delante porque nada nos hacía mirar hacia atrás, esa forma en la que camelábamos a nuestras madres para pedirles juguetes o gominolas, o esa otra forma de levantarnos del suelo cada vez que caíamos.

El problema es que nuestras caídas ahora son más dolorosas, más relativas y con menos sentido literal. Ahora necesitamos la mano de otro alguien que antes podía ser nuestro padre, ahora crecemos con el miedo a tropezarnos una vez más con la más tonta y repetitiva piedra, ahora nos centramos tan solo en lo que queremos y a la vez odiamos, porque lo que más nos perjudica es lo que más tenemos en cuenta. ¿Huye un niño cuando un gorrión se dirige a él? No, lo asusta, se dirige a él y grita, grita bien alto para que todos le puedan oír, porque está ahí, porque hace acto de presencia, porque no se deja avasallar por nada ni nadie, porque tiene más coraje que nosotros hoy día, porque vive la vida, porque sabe aprovechar el momento sin haber estudiado literatura ‘carpe diem’. 

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