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martes, 3 de mayo de 2011

Dolor.

¿Por qué recordamos lo que más daño nos hace? ¿Es que el sentimiento doloroso es más fuerte que el realmente conmovedor? ¿O es que somos tan extremadamente ignorantes que nos gusta pasarlo mal sin motivo aparente?

Siempre que me pasa algo; algo tremendo, algo que llega a quitar la respiración y hacer que el corazón deje de realizar dicha acción, algo que parece que te consume como si fueras una pequeña vela en el sótano más profundo y oscuro que pueda existir en centro de la tierra; cuando ocurre algo extraño, confuso y lleno de lagunas e interrogaciones, que tan solo esperan la respuesta a todas y cada una de sus preguntas; entonces es cuando me paro a pensar y meditar el por qué de lo ocurrido, de ese suceso, de esas palabras o de esas imágenes, pero solo si aquello ha producido un quemazón en mi piel, dejando marca, rastro, doloroso como de costumbre.

Y es que hay cosas que no llego a entender ni yo misma, aunque conmigo tengan que ver. ¿Por qué me martirizo con problemas y demás quebraderos de cabeza? O mejor dicho ¿por qué tres cuartas partes de nosotros sólo se centra en lo negativo y se encierra en su mundo, a oscuras, teñido en blanco y negro?  A veces creo tener la respuesta a ello, ya que, más que nadie, soy de ese setenta y cinco por ciento que se basa en los pensamientos más tristes y recuerdos, que con mayor motivo, tendría que haberlos olvidado antes que ningún otro.

Mi teoría es la siguiente: ‘quien te quiere te hará llorar’, qué gran verdad, grande como una catedral. Y es que, cuando quieres a alguien y hace o dice algo que no resulta de tu agrado, que te  hiere, molesta o enfada, terminas derramando alguna que otra pequeña lágrima, a excepción de algunos seres que habitan el lugar y parecen ser de piedra. Lo que he llegado a pensar es que no sabes quedarte con lo que merece la pena, y apartar a un lado lo que provoca a veces que eso tan positivo y que de tanta felicidad te llena desaparezca o se esconda temporalmente.

Y sé que los sentimientos no se controlan, pero la cabeza por lo general, sí. Puedes elegir qué pensar, decir, hacer o querer; en qué arriesgar, a sabiendas que solo el futuro decidirá si ganar o perder; de qué manera equivocarte; cómo  y cuántas veces tropezar con la dichosa y entrometida piedra. 
También es raro darse cuenta lo poco que valoramos las sonrisas y cuantísimo dejamos que nuestros ojos lloren, deberíamos de ser más conscientes de la importancia de la felicidad en las veinticuatro horas diarias que nuestro corazón pide a gritos un poco de ella.

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