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viernes, 13 de mayo de 2011

Esta tarde he visto a un hombre. Pero no uno cualquiera, tenía la cara desfigurada, posiblemente como si se hubiera quemado, pero quemado de una manera escalofriante, impresionaba su rostro. De la mano derecha le faltaban todos los dedos desde la altura del nudillo; la mano izquierda, agarrotada, apenas podía sostener a su hija cuando se ha dirigido a él.  

¿Os imagináis lo duro que tiene que ser que tus hijos te vean en esas condiciones? Que mucha gente te tenga asco, que los más pequeños e inocentes piensen que eres el ‘malo’ que se los llevará si no se portan bien. Me pongo en su lugar y realmente me entran hasta ganas de llorar. Es impotencia por no poder ayudarle, por no conocerle y así hablar con él, sobre qué le pasó, sobre qué podría yo hacer para que se sienta mejor. Esas ganas de no ser alguien más en el mundo y ser por unos momentos alguien importante, en quien confíe, en quien se atreva a dejar a cargo a sus pequeños, a quien le cuente todo cuando no se encuentre en sus mejores condiciones.

Y es que no nos damos cuenta, pero la vida no sabemos valorarla. Ni siquiera nosotros nos valoramos, y sí, me incluyo en el grupo. Durante el tiempo que he tenido a mi alrededor a ese chico me he sentido bien conmigo misma, en el sentido en el que, a él le daba igual lo que pudieran pensar los demás ¿por qué a mí no? Pero las cosas cambian rápido, y los pensamientos con ellas. Ya no, ya no me creo bonita, y nuevamente me vienen todas esas ideas a la cabeza que no llevaré a cabo por pura promesa a alguien que amo. Pero es que duele, duele verte tan mal  a ti misma, y darte asco, y no quererte, y pensar que eres más torpe, y menos habilidosa por el simple hecho de pesar unos cuantos kilos más que la gente que te rodea. Lo peor de todo es que todos te dicen ‘aprende a vivir con ello, importa el interior’ y cuando vas con ellos por la calle, señalan a alguien diciendo: ‘pero como ha engordado’. Me resulta repugnante la forma en la que muchos miran a otros tantos, si tan poco te gusta ¿por qué miras? ¿Alguien te lo ha pedido? ¿Te han puesto una pistola en la cabeza para que lo hagas? No, pues te callas, agachas la cabeza y cuando aprendas a sentir, a pensar y a ser, juzgas entonces.

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