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domingo, 29 de abril de 2012

Tengo un don que me hace daño.

Ahora mismo sería capaz de recordar paso a paso momentos que viví hace tiempo, pero la satisfacción que me provoca poder revivir ciertas cosas de nuevo, no es comparable al dolor que siento.
Estábamos en el coche de tu amigo, yo sentada delante, con él, de copiloto, con los cascos puestos y la música todo lo alto que podía ponerse para así evadirme del mundo por unos momentos. No dejaba de pensar y torturarme, recordándome a mí misma las pocas horas que me quedaban a tu lado. No lloraba, no hacía mención de ello, pero en mi corazón algo gritaba: ¡hazlo!
Tragué mucha saliva y suspiré más de un millón de veces, conseguí ensordecer por un momento y acallar la voz que me pedía lo que mi cabeza sabía que no haría.
Bajar del vehículo fue sencillo, sonreír y parecer feliz no.
Agarrada de tu mano daba un paso tras otro, un tropiezo en mi mente, un latigazo a mis sentimientos. En realidad hubiera deseado que el tiempo olvidase su frenesí por avanzar y optara, por primera vez, por retroceder, pero obvié mis pensamientos. Si hubiera hecho lo que mi cuerpo deseaba me hubiera dejado caer en mitad de la calle, así, aunque llegase el día de decir adiós, yo continuaría ahí. Hubiera preferido convertirme en una estatua de sal que continuar hacia delante a sabiendas de que cada vez la despedida estaba más cerca.
Un paso, una lágrima, un paso, una lágrima.
Faltaban un par de días para el momento clave que toda persona desea olvidar, pero a mi forma de ver, esas cuarenta y ocho horas no eran suficientes.
Continué, continué hacia delante sin mirar atrás, sin mirar hacia abajo. Continué hacia delante porque, aunque yo no respondiera a ninguna palabra, tu mano sostenía la mía y no íbamos a caer los dos.

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